El Viejo y su reloj.
Frente a un vaso corroído por el tiempo, que quizás cuantas veces había sido llenado de vino, ya hubiera sido para olvidar o celebrar, o quizás acompañar un buen pernil con puré picante, figuraba la cara de don Rudencio. El, un viejo de ya setenta años, venía de vez en cuando a esa quinta de recreo, hoy estaba celebrando, pero a la vez consolándose. Había terminado, o más bien, le habían terminado una importante etapa en su vida, que para él lo era todo: el trabajo. No por nada habían sido cincuenta y cinco arduos
(Leer más)
Comentarios recientes
hace 1 año
hace 3 años
hace 3 años