El Viejo y su reloj.
Frente a un vaso corroído por el tiempo, que quizás cuantas veces había sido llenado de vino, ya hubiera sido para olvidar o celebrar, o quizás acompañar un buen pernil con puré picante, figuraba la cara de don Rudencio. El, un viejo de ya setenta años, venía de vez en cuando a esa quinta de recreo, hoy estaba celebrando, pero a la vez consolándose. Había terminado, o más bien, le habían terminado una importante etapa en su vida, que para él lo era todo: el trabajo. No por nada habían sido cincuenta y cinco arduos e ininterrumpidos años de servicio al ferrocarril.
El sabía que no lo habían jubilado antes por respeto, o porque se habían encariñado mucho con el. Si bien al principio de su carrera el ferrocarril estaba en su esplendor, al pasar el tiempo y comenzar a notarse el paso de él en don Rudencio, el ferrocarril hubiera parecido tener una especie de comunicación especial y mística con ese viejito servicial. Paradójicamente, don Rudencio, que ya estaba débil, aunque sus ganas y ánimo no flaqueaban, demostraban de alguna manera el estado actual del tren: ya no era el de antes, aunque ganas no le faltaban. La modernización del ferrocarril de algo había servido, pero en esencia, el ferrocarril parecía estar en una melancólica agonía. Don Rudencio definitivamente ya no era el de antes, no era el joven rozagante de antaño, ahora más bien correspondía en cuanto aspecto físico a aquellos abuelitos prototipos, de esos pensamientos infantiles del común de la gente. Pero por dentro no se mostraba tan “tierno” ya que el cuerpo le había dado varios avisos: del corazón, los riñones, las ulceras…y quien sabe cuantas cosas más
Junto a su vaso de pipeño sobre la mesa de la ya solitaria quinta de recreo figuraba todo su ajuar laboral, que constituía su más preciado y orgulloso tesoro. Constaba de su gorra, ya algo carcomida por la acción de las polillas, sus lentes redondos que ya con el tiempo se habían puestos cada vez más gruesos, su silbato de estaño y lo más preciado de todo su haber: un genuino reloj suizo bañado en plata (de esos de bolsillo, que van con una cadena amarrado a un botón del chaleco). Este último era su máximo orgullo, ya que para él adquiría un especial valor pues había sido otorgado por don Arturo Alessandri Palma en reconocimiento de su labor “hace ya unos cuantos añitos, cuando yo era joven”-como decía don Rude-. Este reloj tenía la virtud de ser un digno exponente de la exactitud suiza, ya que nunca se había atrasado, y menos parado, constituyendo una confiable herramienta de trabajo para un empleado de ferrocarril, que debe funcionar a la base de la puntualidad. Pero también globalizaba el sueño de don Rude: el conocer suiza: la tierra de la pulcritud, limpieza y puntualidad: todo regido por normas, las que eran obedecidas por todos, el paraíso de un funcionario de ferrocarril.
En un principio había soñado con visitar ese maravilloso país con su señora, pero la defunción de esta había esfumado del todo los planes de don Rudencio. Ahora estaba virtualmente sólo en el mundo, ya que si bien tenía hijos, ellos habían formado sus hogares y se habían marchado a la capital: ya que el sureño tiende a encandilarse con la vida cosmopolita y a despreciar la vida de provincia. Es cierto; veía a sus hijos, pero cuando no era a través de fotografías, lo era en ocasiones muy contadas. Sus hijos no eran descariñados, puesto que una y otra vez habían insistido en que se fuera a vivir con ellos, pero la terquedad del campesino (aunque viviera en un pueblo) era mayor. La sangre y el orgullo eran más fuertes que la soledad, además de que, como se dice en esos lugares, “la tierra llama”
Desde poco tiempo después de la muerte de su señora, que lo acompañara por tanto tiempo, se había establecido en una residencial. Ahí por lo menos había alguien que se preocupara por el (aunque fuera solamente para que pagara), y aunque el panorama no era muy alentador, bastante mejor era una residencial, que un asilo de ancianos (o antesala de la muerte como le decía don Rudencio)
-“Otro corto Pepe, por favor”
-“Bueno don Rude, este va por cuenta de la casa, pero que sea el último, mire que tengo q cerrar e ir a ver a mis niños”
. “Bueh, me lo tomo rapidito y me voy Pepito”
Como buen hombre de campo, tenía su resistencia hacia el alcohol, y así como esta, ya habían venido 7 rondas. Don Rudencio se tomo el vaso y pidió una botella de pipeño para tomar en el camino, y se marchó no se refunfuñando o recitando algo, quizás cantando, incluso pudo haber sido orando, pero algo inteligible se balbuceaba. Al parecer dialogaba con su señora. El celebraba aunque estaba triste.
Decidió encaminarse hacia un mirador, el cual frecuentaba en sus tiempos mozos con su señora, que en esos tiempos era tan solo su novia. Este mirador quedaba en una loma pasada la línea del tren, y de ah dominaba una hermosa panorámica, además que se estaba resguardando en la cima por un viejo sauce que extendía sus largos y llorosos brazos por un trecho del declive de la loma, lo que una vez instalado en la cima, daba la impresión de cortina o telón a un gran espectáculo.
Su llegada al mirador fue algo dificultosa, ya que además del deteriorado estado físico, el alcohol ya producía sus efectos. El paisaje se movía. La loma no se estaba quieta, pero logró llegar. Una vez allá vio la puesta de sol de un día domingo, como lo hiciera cincuenta años atrás con su novia. Ella se hacía presente ahí. Don Rudencio hasta le conversaba, ya que ella solo lo visitaba cuando tomaba alcohol, y no es desconocido lo dulce y traicionero de la chicha, que tan pronto como sacia, embriaga.
Aquella puesta de sol intento recordarla como si fuera la última. Puso toda la atención que sus perturbadas facultades le permitieran; se le erizaron los pelos y sintió mariposas en el estomago (no se si a causa de la emoción o del alcohol), incluso lloró de emoción. Aquellas lágrimas que se escurrieron por su arrugada y áspera mejilla fueron a dar al polvoriento suelo, conformando dos pelotitas de barro, testimonio de su emoción.
Decidió entonces, al comenzar a oscurecer, volver hacia su pieza, ya que no era conveniente que un hombre de su respetable edad anduviera en plena noche deambulando.
Si la ida fue difícil, la vuelta lo fue aún mas, pero una feliz vuelta. Miró su reloj, la hora decía que a dos estaciones más al norte estaba el tren que iba a Concepción. Decidió apurarse, dentro de los márgenes razonables, para alcanzar a ver el paso del tren desde un pequeño promontorio al otro lado de la línea.
Tal rapidez no le ocasionó más que problemas. No fueron menos de tres veces las que cayó, pero igual que durante su vida, se había levantado una y otra vez. Ahora veía la línea del tren, a la cual lentamente se acercaba. Ya estando cerca sintió voces-“Don Rudencio”, silbatos, gritos, luces encandilantes, su mujer lo llamaba, los gritos lo alertaban y la luz lo cegaba. Era algo como una excitación de todos los sentidos, luz, gritos y más gritos y más luces: amarillas y blancas. Repentinamente una potentísima luz blanca y un silencio sobrecogedor: no más achaques y dolores, y una tranquilidad tremenda. También, su señora estaba ahí.
De don Rudencio; nada, solo sus lentes quebrados y su reloj suizo había quedado, y este, por primera vez había fallado, pero le había dado la tranquilidad y el gusto a don Rudencio de terminar como quería: junto a su gran amor….el tren.

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